“Una generación se va y otra generación llega…Y la tierra por siempre estará”afirmaba el rey Kohelet en sus sabias y polémicas palabras. El ser humano y su transcurso por los días de la vida. El ser humano y sus recursos vitales, plantando con su presencia algo más que un ir y venir.

Hay un movimiento dice Kohelet. El de los hombres. Y la tierra, escenario de ese andar, plantada en el escenario de la eternidad.

Hoy, nuestra Torá nos acerca una pincelada de esa pintura, que dibuja a nuestra madre Sará ingresando por los caminos señalados por El Creador. “Las vidas de Sará” principia nuestra perashá, anunciándonos que la muerte, cuando sorprende a los seres justos y rectos, sólo se conjuga en tiempos de presencia, de vida plural y jamás en ausencias.

Es un tiempo difícil, a no dudarlo. Más allá de la imagen de vida sellada en las palabras “los años de las vidas de Sará”con que este primer versículo concluye, la partida física de quien conformó la esencia existencial del Patriarca Abraham, abrazando el fuego de la fe en Un solo D’s y caminando incesantemente la arena de la historia de un pueblo por nacer, este día y esta hora deja su impronta peculiar.

“Va-tamot Sará…va-iabó Abraham lispod le-Sará ve-libkotá”.

Vuelve nuestra Torá a hablarnos de su muerte, aunque ahora, más allá de delimitar la geografía del suceso, viene a delinear el contorno espiritual de su pérdida: ‘Y murió Sará…Y vino Abraham a pronunciar la elegía en honor a Sará y a llorarla’.

Nuestra sagrada Torá nos habla al corazón. Abraham viene a llorar. A llorarla. Y a pronunciar una vez más, su alabanza. “Vi-halelúha ba-shearím maaséa” diría el rey Salomón en su ‘Eshet Jail’. Y que en las puertas de la ciudad, sea alabada por su obrar.

Un llamativo -humanamente llamativo- Midrash, ocupa el espacio de nuestra reflexión semanal.

La Torá está señalando que sólo Abraham fue a llorar a Sará y a expresar la endecha en su honor. (La endecha es una composición poética en la que se destacan las virtudes del difunto).

¿Pero dónde estaba el resto de la gente que vivía en casa de Sará? ¿Por qué el versículo no menciona a los niños que amamantó Sará, quienes también lloraron su muerte? ¿Y dónde estaban en este momento tan doloroso todas aquellas almas que Abraham y Sará sumaron en Jarán para la causa de HaShem? Y tampoco deja de asombrar que ni siquiera sea citado su hijo Itsjak como participante del gran duelo por el fallecimiento de la matriarca, donde tan sólo Abrahan es mencionado.

Este hecho asevera las palabras de nuestros Sabios en el Tratado de Sanhedrín (22b): “El hombre sólo muere para su esposa, y la mujer sólo muere para su esposo”, que significa: es el esposo el que más siente de la familia la desgracia al fallecer la esposa; y es la esposa la que más siente de la familia el dolor y la angustia por el fallecimiento del esposo.

Y muy bien retrata Rabí Iojanán el sufrimiento de la separación: “Para el que fallece su primer cónyuge, es como si se destruyera el Bet HaMikdash (el Gran Templo de Ierushaláim) en sus días”(Sanhedrín 22 a).

No es simple comprender a nuestros Sabios. Pero impacta su sentir y su decir. Cuando acomete la ausencia, nos enseñan, que ‘uno muere para el otro’, como cerrando otra posibilidad. Como insinuando que la pérdida no es poca y que uno es con el otro, todo el tiempo que la vida en común ha sido el regalo del Todopoderoso. ¡Y cuánto se puede apreciar esto! Al verlo en la cercana realidad, no menos dolorosa por cierto, qu enos muestra casi a diario el sentir y el sufrir, profundo, intenso e inclaudicable, de aquellos que conformaron una unión singular, un ejemplo de solidez y una armoníaincreíblemente bella y única: marido y esposa. Ish ve-Ishtó. Hombre y Mujer llamados a recrear el mundo, llamados a emular al Creador en los tiempos del hacer, del crecer, del crear, del creer…

Es allí donde entre las lágrimas -“vino Abraham a endechar a Sará y a llorarla…”- florece la imagen sagrada de la vida, del hogar, transformado en un Santuario…El mismísimo Bet HaMikdash que nos dice el Talmud, recuerdo para el que no caben más figuras ni imágenes. Porque en Ese Lugar, todo tenía ‘lugar’: el encuentro, la alegría, el refugio de la tristeza, todo, absolutamente todo. Y porque allí, la Palabra era escuchada: la Presencia de un D’s recóndito, haciéndose oir por entre los “kerubím” -esos ángeles servidores que cual niños custodiaban el Arca de la Torá-. Tanto como en la casa, nuestro hogar, las voces de los otros creadores se escuchan y viven en el hacer y sentir de sus hijos.

Tiempos complejos vive nuestro Patriarca Abraham. Quien fue “sometido a diez pruebas” al decir de nuestros maestros,“superándolas a todas ellas”. La muerte de Sará no es una prueba por cierto. Es la vida misma de Abraham la que se conmueve. Llegando ante ‘su muerto’, hablando sobre ella y llorándola. Los días de la vida parecen tener un fin, pero no la persona.

Jaié Sará” habla de la esencia, del interior puro y repleto de una luz que se cubre por los días de la vida. Y como dice el versículo, enseña el rabí de Gur, autor del ´Sefat Emet´: “Iodéa HaShem ieméi temimím”, que ´El Todopoderoso conoce los días de los íntegros´. Conocer es amar. Ama D’s esos días, porque encierran la vida -´Jaié´- que los une a Su raíz Celestial. Días de Vida. Días llenos de Vida…