En esta parashá, un individuo sube al escenario bíblico. En los dos capítulos precedentes, Bereshit y Noaj, el protagonista de la acción fue “la humanidad”. Pero, a partir de ahora, la historia se focaliza sobre una personalidad; la vida de este individuo y de su descendencia toman un lugar central.

¿De quién estamos hablando? Pues, de Abraham, nuestro primer patriarca. Un hombre valiente, con un espíritu libre. Una persona que no se conformaba fácilmente, un hombre luchador.

A diferencia de otros, Abraham tenía la capacidad de formularse preguntas. En primer lugar, cuestionó la creencia en las divinidades de la época: el sol, la luna, las estrellas y otro elementos de la naturaleza. Pero, además, noche y día, comenzó a pensar cómo podía ser que el ciclo natural (todo lo existente) se comportase siempre de cierta manera, sin que hubiera “alguien” o “algo” que lo dirigiese, que lo regulase. En otras palabras, siendo que no es posible que la Tierra se gire a sí misma… ¿quién hace girar el universo? ¿Quién hace que el mundo funcione?

Abraham está solo con sus pensamientos. Aunque dentro de un marco colectivo, pero solo. Es un pequeño punto cualitativo en un mar de cantidades.

Al parecer, según cuenta el midrash, ya a la edad de tres años, nuestro patriarca comenzó su viaje espiritual, el “éxodo” de su pensamiento para salir de la esclavitud, el cual estuvo cargado de preguntas y de luchas internas, y el que continuó hasta la edad de 40 años.

En ese entonces, se afianzó su cosmovisión del mundo y llegó a la fe en “lo Uno”. Su gran espíritu entendió el concepto de “Elokím” [D-s], el Santo Bendito Sea, que no se ve, pero al que se lo siente, creador del mundo  y  quien provee todas las fuerzas que están en la naturaleza.

Por eso, Abraham se diferenció de sus contemporáneos, ya que intentó conformar un cuadro de realidad unificado, que le permitió lograr la armonía y la unidad Divina.